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Reflexión para la luna nueva del 24 de Diciembre

Sucede en 2º 34’ de Capricornio.


Hasta cuatro eclipses totales hemos disfrutado entre las trece lunaciones del año 2011.  La de enero, en Capricornio, nos señaló la responsabilidad en los cambios sociales hacia un mundo más espiritual. La siguiente, en junio y en el signo de Géminis,  impulsó la escucha activa del universo.  La tercera lunación con eclipse sucedió a primeros de julio, en Cáncer, y nos ayudó a entrar en  nuestro verdadero mundo interno. La cuarta y última tuvo lugar a fines del mes pasado y mostró con claridad la vida en la luz creadora. Si acaso hemos meditado  sirviéndonos de esas reflexiones que luz interna ofrece, su relectura nos ayudará a recordar los estados internos que hemos atravesado. Las tres últimas lunaciones citadas aún prolongarán sus efectos, pues la lunación con eclipse alcanza a todo el año natural posterior a la misma.  En el baño de energías permanente que el Cosmos nos regala, hemos disfrutado de un ciclo inusual, gracias al momento actual de inflexión en las vibraciones planetarias.


La introspección  del signo saturnino de Capricornio favorece que ganemos consciencia de qué somos y qué es nuestra personalidad.  El recuerdo de  las vivencias de estos doce meses nos ayuda a poner en perspectiva nuestros retos presentes. También favorece la generación de ideas sobre qué queremos hacer y qué queremos ser en el año entrante, o mejor aún, en el presente sin tiempo de este preciso instante. Somos libres de producir nuestro destino, o de cambiarlo, si preferimos verlo desde otro ángulo.


Sin duda, tenemos capacidad para crecer en seguridad, autoestima y libertad de manera imparable. Toda chispa divina comparte esos  privilegios,  y la fuerza para materializarlos. En cierto modo, evolucionar es recordar, recordar lo que tenemos dentro. Al mismo tiempo, evolucionar es olvidar. Necesitamos dejar atrás cualquier condicionamiento de tipo social o educativo que vaya contra esa libertad  y esas cualidades internas. Habremos de olvidar también,  en el sentido que exponemos, aquellas pautas de reacción desarrolladas por nosotros en el pasado y que no enriquezcan ni al universo ni, por tanto,  a nosotros mismos.  Ya no necesitamos esos patrones energéticos de pensamiento y acción.


El conocimiento esotérico tiene un sentido claro: aportar herramientas para mejorarnos. Siendo así, empleémoslo correctamente. Todo cambio externo expresa algo que ya sucedió en otros planos, en otras dimensiones vibratorias. Quien aplica este conocimiento procura la movilización de energías internas para los fines que se propone.  Disponemos de la energía renovada e inagotable del  Cosmos.  Una infinidad de seres trabajan conjuntamente en clave positiva y responden a nuestros pensamientos y deseos. Cuanto más afinados estemos con la corriente evolutiva espiritual de la humanidad, más intensa y eficazmente se movilizará esa energía. En esta aventura vital, la responsabilidad nos acompaña como maestra inestimable. Aquello que sembremos, eso recogeremos, mientras aprendemos a sembrar aún mejor.  La madre Tierra nunca se toma nuestros actos personalmente;  la Vida funciona de esta manera, sin órdenes ni pecados.  Tan sólo ES, y su naturaleza incluye que podamos explorar  y generar causas nuevas dentro de ella, recibiendo esas mismas vibraciones que enviamos, al igual que el resto del universo.


Cuando un impulso o una transformación  salen a la luz, apreciamos una cierta inarmonía, fruto de la ruptura del estado  previo, el cual presentaba unos  equilibrios inestables ahora más patentes.  Nuestra naturaleza íntima pide sintonizar con la armonía, no cegarnos con la discordia aparente; discordia que habremos de analizar en nuestro interior, en nuestro entorno inmediato y en nuestra propia sociedad.  Conservar la calma en la tormenta era una de las cualidades que simbólicamente se esperaban de la persona con sabiduría.


En algunos momentos de cada encarnación, y en algunos momentos de la encarnación colectiva de la Humanidad,  todo se hace más evidente y el cambio se acelera. Esas “puertas” evolutivas que permiten pasar con aparente rapidez de un estado o situación a otros se han gestado durante mucho tiempo físico. Hemos trabajado para su llegada y hemos merecido la oportunidad de situarnos ante ellas.   Si habéis jugado a la comba de niñas y niños, recordaréis que primero se espera el turno, y luego hay un momento preciso para entrar y  saltar, así la cuerda pasa libremente bajo nuestros pies y el juego va a más.  En aquel momento de la infancia aprendimos por analogía que se requieren una atención y una alerta, y cuando llega el momento, estar dispuestos a dar el salto y cambiar rápidamente la posición corporal; un salto que permitirá que el juego prosiga de la mejor manera posible para todas las personas implicadas. Un juego sin fin, alegre y tremendamente útil porque produce experiencia y felicidad colectivas.


Que la luz os acompañe.

El equipo de Luz interna.

 

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